LEYENDA DEL
"CUADRO DE LA CHANFAINA",
PINTADO POR ALONSO CANO.
Un 5 de marzo de 1660, Alonso Cano, clérigo, Racionero de la Catedral de
Granada y escultor y pintor, y su joven ayudante subieron hacia el monasterio
de la Cartuja de Granada portando un cuadro envuelto en una tela.
Al llegar, los recibió el padre Gerónimo, un monje cartujo poco ascético y
glotón, que administraba los bienes de la comunidad con "tacañería propia
de monasterio."
Alonso Cano le ofreció su último cuadro, en el que había reflejado de forma
sublime el misterio de la Santísima Trinidad.
 |
Ubicación del Monasterio de la Cartuja de Granada |
El padre Gerónimo, insensible al arte, sugirió al pintor que diera unos
toquecitos a la obra, añadiendo almagra a las nubes y que engordase al Espíritu
Santo.
Alonso Cano, que era bilioso y sufría mal que criticase su pintura,
se mostraría primero sarcástico y luego se enfureció.
En esto, terciaría en la conversación un fraile de la orden de San
Diego, quien alabaría la sutileza con que el cuadro abordaba el enigma del
Dios, Uno y Trino, manifestando el deseo de tener dinero en sus arcas para
llevarlo a las arcas de Alonso Cano para así poderlo comprar y colocarlo en el
altar de su modesto convento.
Alonso Cano, conmovido, se brindó a ceder el cuadro por un plato de
chanfaina.
Quince días después se inaugura la colocación de la pintura en el altar del
convento de San Diego.
Concurrió lo más selecto de Granada y la historia corrió de boca en boca
por la ciudad de Granada y de ahí que, desde entonces, la obra fue conocida
como «El cuadro de la chanfaina».
 |
Plano del Monasterio de la Cartuja de Granada |
El artículo se publicaría en esta revista Granadina y refiere la tradición
centrada en una escena y un epílogo, que sucedió en dos escenarios:
El monasterio de la Cartuja y el convento de San Diego.
La chanfaina es un guisado hecho de bofes o de morcilla. Y el cuadro de la
Chanfaina es ‘La Trinidad’ de Alonso Cano.
Así se conoce a la obra del artista granadino, desde que éste la donara a
un fraile del convento de San Diego a cambio de un plato de chanfaina aderezada
por los monjes...
Pero la historia, narrada por José Giménez Serrano en 1857 y recogida por
Francisco de P. Villareal en ‘El libro de las tradiciones de Granada’
(Ediciones Albaida –Granada, 1990–. Edición facsímil del libro publicado en
1888)
Esta versión de ese encuentro se publicó 9 años antes de la edición de Francisco
P. Villareal, José Giménez-Serrano publicó esta versión en en el Nº 1 de "La Revista
Literaria de El Granadino", en el N° 1, que apareció el 4 de Mayo de 1848.
Esta fue la versión que se publicó:
 |
El Monasterio de la Cartuja. |
 |
Portada de la entrada del monasterio. |
EL CUADRO DE LA CHANFAINA,
del racionero
Alonso Cano.
Granada, 4 de Mayo de
1848.
LA LEYENDA DE LA CHANFAINA.
En una de las claras mañanas del mes de marzo
caminaban hacia el Monasterio de la Cartuja granadina un clérigo y un aprendiz
de pintor, que si no mienten las historias jadeaban con el peso de un enorme
cuadro de dimensiones colosales que sobre su espalda gravitaba.
Alto, enjuto, aguileño de rostro y fiero en la mirada
era el clérigo, sus manteos estaban derrotados y de un color mas aceitunado que
negro: el porte teníalo de soldado, su andar elegante y su compostura de hombre
de elevadas acciones:
Llamabase Alonso Cano y, aunque Racionero de la
Catedral Metropolitana, cosa en aquellos tiempos de gran valía, conocianle tan
solo como pintor, escultor y arquitecto, pues sus obras eran admiración de los
naturales y famosas entre los extranjeros.
Vamos, Juan, que preciso es -hablar con el P. Gerónimo
antes de que coma, pues se pone intratable cuando está repleto. Poco resta,
hijo mío, con que ánimo valiente. Esto decía para alentar al jovenzuelo, con
tan paternal acento, que a pesar de su arrugado entrecejo y su excéntrica
catadura bien demostraba a su pesar un hermoso y caritativo corazón al través
de sus rudas maneras.
Apretó el paso el aprendiz y llegaron amo y mozo a la
portería que les fue franqueada por un barbudo donado. Atravesaron los compas
melancólicos, poblados de madreselvas y dejando a un lado la obra de la
iglesia, que por aquellos tiempos no se había concluido, penetraron en el
claustrillo gótico labrado por yos primitivos fundadores.
Con silenciosa cortesanía les recibió un monge en cuyo
rostro demacrado revelabas la abstinencia y el ascetismo más severo, y Cano
mientras les guiaba díjole con acento conmovido y estrechando la enjuta mano
del cartujo.
Bien purgáis Capitán vuestras locuras.
 |
Refectorio del monasterio de la Cartija de Granada. |
Morir tenemos, contestó con acento sepulcral el monge
despertando como herido por aquel mundano recuerdo de sus pasadas aventuras.
Si, encomendedme a Dios, que gratas le serán las oraciones de tan arrepentido y
valiente corazón. Abriose a este punto delante de los tres la puerta de la
celda del P, Gerónimo y el convertido Capitán se inclinó sin mirar al pintor y
se retiró. Alonso Cano penetró en la había tal clon que le franqueaban y colocó
su cuadro a buena luz con la coquetería de los artistas, descorrió el lienzo
blanco que cubría la pintura y sin mas preámbulos se cruzó de brazos con la
altanería de un rey y diciendo al reverendísimo.»
Veamos qué le parece a vuestra merced.
Era el P. Gerónimo un monge con puntos y collar de
mundano. Administraba los bienes de la comunidad, tenía el derecho du salir a
la ciudad y de hablar con todos y sin duda por el trato o por otras razones que
el cronista ignora, había engordado tan desmesuradamente y tan colorados eran
sus mofletes anchos y curtidos que maese semejaba a un buey que a un ascético
eremita: sus hábitos blanquísimos y su cabeza rapada daban a lo chiquito) de su
figura un Cirino remate y acabado.
- Bien, señor Racionero, aunque dejarme poner
las anteojeras.
Dijo el Padre y sacó una caja enorme de plata y de
ella unos anteojos con aro dorado que mas parecían dos cedazos de tahona.
Colocóselos sobre las abultadas y romas narices, acompañando la operación de un
sordo gruñido y se puso a contemplarla obra del artista.
Representaba la pintura el sagrado misterio de la
Trinidad. Entre fúlgidos celajes oro, púrpura y topacios, entre resplandores
vivísimos y agradables como la claridad del alba, estaba el padre con el grave
y sublime continente del Creador del mundo; del Uno, Eterno, indivisible sin
principio ni fin: su rostro y su mirar más sublime que los del Júpiter de Fidias
revelaban la purísima y ardiente inspiración del pintor cristiano, del hombre
del espíritu y no de la forma.
Entre sus brazos estaba el Hijo de Dios, Cristo,
desnudo y manifestando en los llagados miembros humanos las huellas que en su
santísimo cuerpo hablan dejado las impías manos de aquellos a quienes había
venido a redimir a este valle de lágrimas. El Espíritu Santo con la vivida
lumbre de su amor iluminaba la figura del Padre y del Hijo y como que los
rodeaba con una aureola de fuego que partía de su corazón de paloma
blanquísima.
Era una obra acabada como las del Creador por esencia
y al verla por mano de hombre trazada era preciso exclamar: «cierto que el
espíritu del hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.»
Más nuestro reverendísimo cartujo, después de mirar y
remirar exclamó, no muy conforme con nuestras opiniones
- Bien! phs; bien; pero yo hubiera puesto más
almagra en las nubes y hubiera pintado mayor al Espíritu Santo.
- Sí, a vuestra merced, le gustaran grandes
las palomas, y sobre todo para la mesa, dijo Cano con aire sarcástico y
lastimado al ver tan mal,-comprendido su grandioso pensamiento.
- Oh!, sí las aves todas, deben ser cebadas;
pero a nosotros nos las prohíbe la regla: y dio un suspiro al proferir la
última palabra el monge.
- Ello, en fin, como esta, ¿os acomoda?
porque jamás retoco mis obras: repuso el pintor.
- No se irrite vuestra merced, que mas ven
cuatro ojos que no dos ¿Y cuanto vale su cuadro?
- Dos mil pesos y cien ducados que daréis de
propina a este mi aprendiz.
- Dos mil pesos! Voto va!...y se mordió el padre los
labios por no echarlo redondo, y con cien ducados de coleta ó post scriptum?
pues no cuesta tanto el mantener un mes a la comunidad, aunque el Sr. Arzobispo
venga a comer los cuatro jueves.
- Digoos Р. Gerónimo, contestó colérico y desencajado el
bilioso pintor, que soy el mayor de los mentecatos, cuando sufro que taséis mis
obras como si fuesen jamones alpujarreños o serón de peras guadijeñas. ¡Juro
por lo más sagrado que si no estuvierais ordenados y yo con estas hopalandas
habíais de pagarme caro tal demasía!! Encubre Juan la pintura y vamos con ella
a casa que no es digno de la gran imagen, de Dios, quien tan mal la comprende.
- Sosiéguese, el Sr. Racionero, que le daré hasta mil y
quinientos pesos y un ducado para el portador, con tal que no se vaya buesa
merced descontento; pues algo ha de quedar para el pintor del convento, que mas
que os pese, le dará un toquecito de rojo a esas nubes para su perfección...
¡¡Oír tal sacrilegio artístico y revolverse como un
león Alonso Cano hacia el obeso cartujo obra fue de un punto; mas contúvose y
contentóse con arrojar tan tremenda mirada sobre aquella mole de carne, que el
buen P. Gerónimo se embebió en el anchuroso sillón de baqueta con la misma timidez
que si hubiese sentido venir sobre su pecho dos furiosas puñaladas!!.
- Razón en vuestra cólera tenéis, porque el cuadro
es hermosísimo; pero aplacaos un tanto que el Padre vendrá a la razón. Esto
dijo un fraile remendado, Guardián del convento de San Diego, que al acaso allí
se encontraba, y con tal dulzura que el Racionero se sintió desarmado y
repúsole con cariño.
- Perdonad, reverendísimo; pero «osas se han
razonado aquí que mas debieran ser asunto de espadas que de lengua.
Y comenzó sin reparo a envolver su cuadro dando la
espalda al prosaico Monge cartujo.
- Dejadme, que acabe de contemplarle, no todos pensamos
como el P. Gerónimo: cada figura, cada nubecilla, cada pincelada es un tesoro
de bellezas, dijo el fraile modesto de San Diego.
Alonso Cano, apartó la cubierta y observó no sin
complacencia que el Guardián se había colocado en el mejor punto de vista.
- 0h sí! exclamó con entusiasmo el fraile, después
de una larga contemplación, habéis comprendido la divina elevación del profundo
misterio de la Trinidad: así le comprendieron los padres; así tal vez creyó
adivinarla la filosofía pagana de Platón. Esa es la luz, el fuego del Amor, la
Omnipotencia, la Sabiduría. Obras tan grandes no tienen precio. Quisiera poder
ser rico como un Emperador romano, para vaciar mis tesoros en vuestras arcas!
Colocaría después ese cuadro en el modesto altar de mi convento y allí las
almas de los fieles se elevarían ante esa imagen altísima de la Celestial
Trinidad.
Extasiado y enaltecido de noble orgullo oyó el pintor
estas palabras que partían de un varón en aquellos tiempos célebre por su ardor
en la fe, por su meditada sabiduría y su religioso fervor, y reflexionando un
rato dijo con jocosa solemnidad.
- También podéis darme, Padre reverendísimo, algo
que yo aprecio en mas que el dinero, y seréis dueño de colocar ese cuadro en el
altar de San Diego.
- Decid.
- La economía del pobre es más a mis ojos que
la hacienda espléndida del rico.
- Economías no tenemos, Señor, los que vivimos de
la pública caridad y partimos con los mendigos, nuestro pan - contestó
humildemente el Guardián de San Diego.
- Pero al menos no podríais, darme hoy un pialo de
chanfaina para comer?
- Sí, Señor racionero, que no es viernes y para
todo el convento se guisa.
- Pues tomad ese cuadro que ya es vuestro y acompañadme
al convento que allí cobraré el precio sentado en la mesa del refectorio.
Dudó al principio el Guardián de la sinceridad de tan
extraño contrato; pero en los ojos del Racionero Cano vio pintada la franca
generosidad de un artista y se apresuró a mostrarle su agradecimiento.
- ¡Fuera bernardinas, Sr. Alonso!, os daré los dos mil
pesos, dijo algo turbado el Padre Gerónimo, cuya codicia se había despertado
con los elogios del fraile.
- Guardarlos enhorabuena, para engordar a la
comunidad, si es tan poco ascética como vuestra paternidad y callo... por no
traspasar el antemural del decoro que mi cólera combate desesperada.
- Vamos, padre Guardián.
- Hijo, añadió dirigiéndose a
Juan, ve a casa y que vendan este dibujo para el gasto de hoy que yo haré mi
comida con los frailes de San Diego.
Dicho esto se asentó, sin preámbulos a una mesa, trazó
con la pluma la más picante caricatura que verse puede, donde se retrataba al
buen Padre Gerónimo con el parecido de dos cosas iguales entre si y salió sin
despedirse del monasterio de Cartuja.
Quince días después se celebraba una fiesta en San
Diego para inaugurar un famosísimo cuadro de la Trinidad, que acababa de
colocarse en el altar mayor.
Asistieron todas las personas de valía que por
entonces ennoblecían a Granada, predicó el Padre Guardián un elocuentísimo
sermón y de boca en boca corría la historia que acabamos de referir ensalzando
todos la generosidad del Racionero Alonso Cano.
Desde entonces, aquella pintura que se había vendido
por un plato de asadura condimentada se llamó ‘’el cuadro de la chanfaina” y
hasta nuestros dias ha conservado su nombre.
El Padre cartujo Gerónimo sufrió tal sofocación de
envidia al ver en otro convento tan riquísima alhaja que murió de una apoplejía
fulminante, aunque otros atribuyen su horrible fin a una cazuela de arroz con
atún: sea de ello lo que quiera a nuestra honra cumple manifestar entrambas
opiniones. (*)
G-S (**)
(*) El cuadro origen de esta tradición se trasladó al
Museo Provincial, cuando la extinción de los conventos y de allí fue robada
durante un baile de máscaras.
Ahora, con vergüenza de España, adornará alguna
galería extranjera.
(**) El catedrático, erudito y periodista José
Giménez-Serrano (1821-1859), en la revista escribirá especialmente
Giménez-Serrano, que lo hace con las iniciales G.-S.
4 de Mayo de 1848.
Forman su colección los 21 números editados desde el cuatro de mayo al ocho de octubre de 1848.
Lo distribuía cada jueves la empresa de El Granadino, uno de los días en el que este “Diario de Fomento, de Noticias y Anuncios” no aparecía (el otro día era el domingo).
El Granadino había comenzado a publicarse el uno de mayo de ese mismo año y el día 31 de ese mes se refundió con Diario de Granada, que había comenzado a editarse el año anterior.
Tanto el diario como la revista de El Granadino tuvieron la misma redacción, se estamparon en la misma Imprenta de Juan María Puchol y estuvieron dirigidos ambos por el catedrático, erudito y periodista José Giménez-Serrano (1821-1859).
En la revista escribirá especialmente Giménez-Serrano, que lo hace con las iniciales G.-S.; y bajo sus textos aparecen las firmas del catedrático Nicolás de Paso y Delgado (1820-1897), José Salvador de Salvador, Enriqueta Lozano, Juan de Dios de la Rada y Delgado, Juan Daza y Malato, José Nestares de Mendoza, F.J. Orellana o J. de Arias, así como las de Manuel Bretón de los Herreros, Tomás María Baralt o la de José Amador de los Ríos, entre otros.
En entregas semanales de ocho páginas, compuestas a dos columnas, publica textos de creación literaria, tanto en prosa como en verso. El artículo de presentación es de Giménez-Serrano; Juan Daza publica el titulado Estado de la literatura europea; asimismo inserta biografías, como la de Alberto Lista, firmada por Eugenio Ochoa, o la de Diego Hurtado de Mendoza, entre otras; asimismo publica un par de novelas, pero sobre todo poemas, algunos de ellos extensos (sonetos, odas epigramas, letrillas o elegías), de Tomás Rodríguez Rubí, Nicolás de Paso y Delgado o Miguel de los Santos Álvarez, entre otros. Sus páginas también contienen otros textos varios, de carácter costumbrista, de modas, toros o sobre los monumentos granadinos, una exposición de pinturas o la actividad teatral y musical en la ciudad.
Con paginación continuada, en la 184 y última inserta un índice de lo publicado por una revista que duró más que el propio diario ''El Granadino''. Referencias sobre este título aparecen en las obras de Eduardo Molina Fajardo (1979) y las de Antonio Manjón-Cabeza Sánchez (1995 y 2005).
LIBRO RECOMENDADO:
LA CHANFAINA.
Escrito por Jose Luís Gastón Morata.
Granada, otoño de 1809.
Bruno Moleón, médico de la “Sala de calenturas” del Hospital de San Juan de Dios que investiga las causas de la fiebre puerperal, recibe el encargo, ante la inminente llegada del ejército de Napoleón Bonaparte a la ciudad, de paliar el saqueo de obras de arte de la ciudad.
Con ayuda de sor Lucía, monja franciscana del Monasterio de Santa Isabel la Real intentará evitar el expolio de un cuadro del XVII de Alonso Cano, conocido como “La chanfaina”.
- Tapa blanda: 296 páginas
- Editor: Ediciones Miguel Sánchez
- Edición: 1 (20 de abril de 2010)
- Idioma: Español
- ISBN: 978-8471691187